La soga estaba tensa, me había preparado durante 5 largos meses para este día que fue anunciado. Habían pegado carteles en toda la ciudad estos decían “EL GRAN EQUILIBRISTA JONAS LLEGA A LA CIUDAD”. Había un cartel en particular que me gustaba mas en la que tenia una foto mía sobre la soga sonriendo.
La ciudad entera esperaba ese día. Venia de
recorrer el país y este era el ultimo gran espectáculo.
Me había tomado los últimos 5 meses de manera
diferente para este acto en mi ciudad Belén de Escobar, iban a estar todos los
que me animaron desde mis comienzos, mis abuelos, mis padres, hermanos y en
especial mi hija.
Ya estaba en posición para comenzar
arriba de un pequeño rectángulo a una gran altura, desde arriba podía ver a
todos allí presentes esperando.En menos de unos pocos minutos tenia que llegar
al otro lado y haciendo mi rutina. En mis ensayos siempre estoy protegido con
una red de contención y un arnés para los trucos mas complejos, por razones
obvias y para agregar una cuota de emoción no contaba con eso. Estaba todo
encaminado solo tenia que dar el primer paso, pero al hacerlo me sobrevino un
terror que solo lo viví en mi primer show y aun así se sentía peor. Mis piernas
se habían aflojado como nunca, miraba hacia el publico y a todos reconocí,
podía ver el brillo en sus ojos de emoción por verme. Busque a mi hija, sabia
que estaba en la primera fila, pero no la veía.
Al ver que no comenzaba, el público
empezó a animarme, a fin de cuentas, la mayoría me conocían y sabia de mi
nerviosismo.
Respire profundo y el terror desapareció.
En cada paso que daba la confianza iba creciendo. En cada rutina que ejecutaba
mis abuelos me daban ánimos ¡VAMOS JONAS, VAMOS HIJO VOS PODES! Los aplausos
iban en aumento. había un reloj analógico grande marcando mi tiempo, estaba al
pendiente de él, tanto así que trastabille; olvide mirar al frente. El terror quería
volver, pero no cedí y doble la apuesta y con el mayor equilibrio levanté mis
manos y empecé a aplaudir sostenido en una sola pierna y el público enloqueció.
Los segundos corrían ¡VAMOS! Me alenté
a mí mismo llegando al otro rectángulo que sostenía la soga. Volví a mirar al público
y ahí la vi a mi hija, tenia puesto un vestido verde y en su mano sostenía un
helado con una sonrisa que me llenaba el alma. Me sentía satisfecho a pesar de
mi tropiezo y mis miedos. Mire hacia adelante y por sobre una pequeña ventana
de la carpa sentí a los rayos del sol abrazarme.

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